La segunda obra fue Lenas de José Antonio Orts, puramente abstracta en su atonalidad y en cuatro movimientos. Los dos centrales, uno centrado en ataques y el otro en paneles sonoros de dinámicas mutantes (esto es mío) me parecieron especialmente logrados. Aun así, este Lenas no aporta nada reseñablemente nuevo al repertorio.
Ya en otro terreno se movió Wu Shin de Jacobo Durán Loriga. Muy melódica y con un mundo armónico evocador del de un Scriabin o un Messiaen, hizo gala de un cuidado trabajo de equilibrio entre los cinco instrumentos y una rítmica elaborada, lo que se agradeció aunque el lenguaje no sonará precisamente a nuevo. Fue probablemente la obra más interesante del concierto, y la prueba una vez más de lo díficil que es resistirse a escribir pajaritos en el flautín.
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