El toque de atención habría que dárselo, eso sí, a su alumno aventajado, el joven Carlos Fontcuberta, que presentando un innegable talento parece seguir a rajatabla las pautas que le marca su maestro. Su Sonata para violonchelo y piano era eso, precisamente, una sonata de libro muy bien escrita, elegante y con muchos más recursos que las obras de Ramos -supongo que será incomodo para el pobre Fontcuberta volver a las clases después de leer esto, pero óigame usted, en el fondo lo que le digo no es malo. Lo que importa dejar claro es que escribiendo ese tipo de música, hoy por hoy, no se llega a ningún lado: ni al repertorio clásico, ni al contemporáneo, ni al cine ni a la televisión, se llega como mucho a un honorable puesto como profesor de armonía y contrapunto en un buen conservatorio. Y, por supuesto, a la satisfacción personal de ser…
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