Dos ‘sextas’ rusas en la misma tonalidad, pero muy diferentes (no sólo por el número de opus, considerando lo que le quedaba respectivamente de vida a cada autor, sino por época, estética, personalidad).
Pero el título se refiere también a la personalidad del director. Podría decir que Gergiev no sólo no se sorprendió de las flores, como Davis hace una semana, sino que las aceptó complacido, en particular una rosa que le ofreció una señora del público. Y eso ya indica algo. Pero lo que indica todo, desde la primera vez que lo escuché en vivo, hace unos doce años aproximadamente en Gante, dirigiendo La leyenda invisible de la ciudad de Kitej, de Rimsky-Korsakov, es el movimiento de sus manos. En particular de la izquierda y de su dedo meñique (hoy en la derecha llevaba una batuta muy diminuta, casi invisible, sea para el Shostacovich, sea…
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