La temporada siguió (en cierto sentido, comenzó de veras) con un título que es, para muchos, sinónimo de “ópera”. Que es una gran ópera no en el sentido del género (al que rinde pleitesía y supera en la escena del triunfo y en algunos otros momentos, pero sin dejar de ser una obra esencialmente original e individual) sino en el de que es, simplemente, una obra inmensa, indestructible, que conserva intacta toda su fuerza y la capacidad de atracción al margen de rutinas, repeticiones y, cada vez más, dificultad para encontrar quien le haga justicia en todos sus aspectos.
Aquí se volvió a proponer en la puesta de Bob Wilson que, tras iniciar su marcha en esta misma sala, siguió su camino por Londres de la mano de quien fue aquí su entonces director musical, Pappano. No me voy a extender en las bondades, que sigo creyendo que mantiene…
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