De héroe no tiene nada. En la segunda jornada del Anillo de Phyllida Lloyd Sigfried es simplemente el chico de la esquina, un adolescente tirado en la cama, que ignora las letanías de Mime mientras escucha su Walkman, con auriculares y todo. Y comiendo una banana cuya cáscara arroja al techo para hacerla caer justo sobre las hornallas de la guarrísima cocina. Y dan ganas de matarlo cuando se pone la gorra de béisbol para ver televisión con una lata de cerveza y comiendo patatas fritas. Pero es mucho mas simpático que esos Sigfried de faldita corta, panza desbordando el cinturón y muslos gordinflones de carne temblorosa empeñados en pseudo-heroicas corridas circunvalatorias de la escena. La inocencia y el desparpajo del chico de la esquina es mucho mas comprensible para nosotros que la vulgaridad de un teutónico obeso y…
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