El público respondió fríamente ante las elevadas exigencias que planteó la presente producción de Manon Lescaut de Puccini. Por un lado, la decisión de suprimir los descansos retó la capacidad de atención durante dos horas ininterrumpidas. Por otro, el planteamiento escénico de Andreas Homoki resultó tremendamente irritante, tanto por la austeridad del diseño de Wolfgang Gussman como por su inmutabilidad a lo largo de los cuatro actos: la apertura del telón muestra sólo unas largas escaleras y una lámpara de araña que se ofrecen como reino exclusivo del color negro.
Generalmente se eligen escenarios neutros, como éste, para trascender el marco temporal, geográfico y temático del libreto, y así abstraer y universalizar cierta lección moral más o menos implícita en la trama. Así los conceptos se hacen inteligibles para una sociedad moderna…
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