Una pura delicia concluye el año 2004 en La Monnaie. Uno de los mejores espectáculos que he visto en este teatro, y el más homogéneo, y en cualquier otro. Donde todos los elementos tienen el mismo o parecido nivel y se ha trabajado duro y mucho -y bien y con seriedad responsable ejemplar- en función de una obra que si era admirable en su original como comedia temprana -relativamente- del gran Shakespeare, Pears y Britten la modificaron de modo genial para la escena manteniendo todo su sabor lingüístico, poético y dramático. El compositor, además, escribió una de sus partituras más maravillosas, serena, melancólica, divertida, irónica con ternura. Como para atreverse a decir que después del (¿o junto con?) Falstaff verdiano es el ejemplo mismo de qué teatro lírico se puede hacer con una comedia shakesperiana.
Los niños del coro de La…
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