España - Valencia

Al calor del Mediterráneo

Daniel Martínez Babiloni

miércoles, 8 de abril de 2009
Valencia, miércoles, 25 de marzo de 2009. Palau de la Música de Valencia. Sala Rodrigo. La Tarantella, Antidotum Tarantulae, espectáculo de Lucilla Galeazzi, canto; Anna Dego, teatro y danza; y L’Arpeggiata: Christina Pluhar, tiorba, guitarra barroca, dirección; Marcello Vitale, chitarra battente y guitarra barroca; Margit Übellacker, salterio; Doron Sherwin, corneta; David Mayoral, percusión; Boris Shmidt, contrabajo. Ciclo de Música Antigua, Clásica y Barroca. Aforo: 423. Ocupación: 50 %
Aunque parezca mentira, en la Valencia barroca y desmesurada, ruidosa y colorida, existe todo un submundo musical -en cuanto la ubicación de la sala, que no a la calidad de la programación-, que da pie a la intimidad y al goce de lo pequeño. Quienes se atreven a acceder a él lo hacen con conocimiento de causa, se dejan en casa los atavíos sociales y acuden con espíritu de ilustración y/o disfrute. No es que los asiduos a la temporada de abono de la sala grande no lo hagan, pero es cierto que aquí, las más de las veces, el inicio de los conciertos, ese prólogo de saludos y conversaciones de circunstancia entre vecinos de butaca o fila entrajados que coinciden todos los viernes, resultan menos rituales y un tanto fríos. Así lo percibimos en la tarde que Christina Pluhar presentaba, con menos medios de los que aparecen en el disco de 2002, su espectáculo La Tarantella, Antidotum Tarantulae.

No obstante, el público que llenó aproximadamente la mitad del aforo, quizás llamado por el poder curativo de la danza, tardó poco en entrar en calor con la performance que les tenían preparada. Entre la música barroca, a veces jazzistica, de L’Arpeggiata, el canto popular, cálido y mediterráneo de Lucilla Galeazzi, su buen humor, y los brincos, cabriolas y revolcones de Anna Debo al son de las diferentes tarantelas que se oyeron, la conexión entre oyentes y performers no se hizo esperar. Y digo performers porque en más de una ocasión los propios músicos y cantante jalearon la danza de Debo levantándose de sus sillas o pasearon por el escenario al enunciar sus solos.

Ah, vita bella, tema de la propia Galeazzi, caldeó el ambiente rápidamente. La cantante de Umbría, con vestido rojo pasión, hizo llegar su canto sin amplificación desde el fondo del escenario hasta su boca, con paso relajado y melancólico, tal como inicia la canción, para progresivamente desatar el frenesí rítmico propio de la danza italiana, al grito de “Ah! vita bella, perché non torni piú?” A partir de aquí los amagos de movimiento del respetable para seguir la música con palmas, movimientos de cabeza o golpecitos en las rodillas fueron la tónica general hasta que se desató el delirio en los bises.

Le siguieron varias tarantelas de origen popular, de la factura del autor de Musurgia Universalis (1650), Athanasius Kircher (1602-1680), o del guitarrista del grupo, Marcello Vitale. Entre ellas, piezas de cantautores italianos: Lamento dei Mendicanti de Matteo Salvatore o Sogna Fiore mio de Ambrogio Sparagna; más canciones de la Galeazzi y temas improvisatorios sobre bajos ostinatos barrocos, puestos a disposición de los músicos -todos se lucieron- por la tiorba de Pluhar. También hubo lugar para temas serenos como la muy bonita y sentida La Suave melodía de Andrea Falconiero (1585-1656) o el desolador lamento fúnebre Lo povero ‘Ntonnuccio. Al final la locura, Lucilla Galleazzi hizo cantar al público al repetir Voglio una casa y Anna Dego, correspondida por el señor al que hizo subir al escenario, bailar la Pizzicarella mia. Las sonrisas predominaban al salir.

Ciertamente Christina Pluhar, austríaca de nacimiento que se acerca con frecuencia al calor del Mediterráneo, ha encontrado el Antidotum tarantualae, no sé si apto para las picaduras de la araña, pero realmente efectivo para olvidar, aunque sea por un momento, la realidad del día a día, gozar y perder las vergüenzas con esta mélange musical que rompe fronteras, incluso en los más tradicionales templos de la música culta.

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