Desde que Franz Schalk la estrenara en Graz en 1894, sólo transcurrieron cuatro años hasta que la Filarmónica de Berlín puso en sus atriles la Sinfonía en si bemol mayor de Anton Bruckner. A la batuta estuvo entonces el legendario Arthur Nikisch –ése por quien Herbert von Karajan se habría dejado cortar una mano para verle dirigir unos minutos-, y desde entonces sus sucesores Wilhelm Furtwängler, el propio Karajan, y Claudio Abbado la han seguido interpretando de forma tan diferente como señera. Sir Simon Rattle ha tenido también sus escarceos brucknerianos pero, salvo error, aún –y subrayo el ‘aún’- no ha dado su versión de esta Quinta sinfonía.
Por su parte, Christian Thielemann se está haciendo –con gran mérito, habida cuenta de sus insolentes cuarenta y cinco años- un sitio propio como desacomplejado continuador –que no continuista-…
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