La profusión de conciertos en cualquier parte del mundo con obras de la familia Strauss de Viena en las fechas que rodean el año nuevo ha hecho que esta música, en muchas ocasiones, no se tome en serio: la alegría de las fiestas suele perdonar casi todo, y los excesos de licor mueven a una borrachera proclive a la benevolencia. Así, se suceden conciertos sin ton ni son (sobre todo sin son) tanto en lugares donde a lo peor no hay otra cosa durante el año, como en salas respetabilísimas de metrópolis civilizadas, a cargo de efímeras agrupaciones de estirpe dudosa que mancillan el honorable nombre de los autores que interpretan.
Por otro lado, las grabaciones de este tipo de acontecimientos –incluso de los buenos- acostumbran a resultar traicioneras, en el sentido de que dejan pasar poca música y más ambiente de fiesta, de modo que su…
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