En sus excelentes notas de la carpetilla (bravo por Warner, que no ha descuidado este aspecto en una reedición en serie barata), Manfred Wagner cuenta las penurias que pasó el pobre Haydn para poner en solfa un texto que no le acababa de convencer, así como la pobre acogida de público –que no de crítica- cuando estrenó Las Estaciones en la Redoutensaal de Viena el 29 de mayo de 1801, tras su audición privada el mes anterior en el palacio del príncipe Schwarzenberg. Ya en aquel momento empezaron a cocerse las comparaciones con La Creación, estrenada dos años antes con el mayor de los éxitos; pero fue el propio Haydn quien puso los puntos sobre las íes al recordar que aquí cantaban los ángeles, y allí los campesinos, de modo que no cabe hablar de una segunda Creación.
Ciertamente, el motor de esta obra no es la divinidad, sino el propio ser…
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