El festival Sonar de Barcelona, orientado hacia la música electrónica consumible en pistas de baile, reunió en L’Auditori de la ciudad a una fauna muy poco común en este tipo de recintos casi sagrados: rastas, piercings, camisetas sin mangas, pantalones por las rodillas y todo tipo de detalles cool se acumularon en unas butacas que suponían una novedad para un tipo de público poco acostumbrado a escuchar un concierto sentado y cuya falta de conocimiento del ritual de escucha de la música culta fue más que evindente. Pero lo cierto es que al margen de un ruido ambiente algo excesivo, de un constante ir y venir por los pasillos en las pausas y de una capacidad de aplaudir sorprendentemente escasa, el espectáculo se desarrolló por buenos cauces debido sin duda a la accesibilidad y brevedad de la propuesta.
La primera parte del concierto…
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