Finalmente de retorno, para clausurar la temporada, la confusa trama (entre metafísica, altisonante y reaccionaria, con bellísimos momentos poéticos, que son la mejor marca de la ‘casa’ Hofmannsthal) de la gran ópera straussiana tuvo la suerte de contar con una nueva puesta por obra de Jocelyn, una persona que ya se ha tropezado con un hueso duro de roer como Le roi Arthus, y que no se pone a fabricar genialidades ni a ilustrar oleográficamente el libreto. Con la ayuda de figurinista, escenógrafo e iluminador, hizo una obra abstracta, elegante, llena de sentido, de misterio y de poesía, además de ocuparse de esos personajes que son tan genéricos como para no tener nombre, salvo uno.
También Ono demuestra que es este su terreno de elección, como ocurrió al principio de su gestión con Mahler y otra obra de este mismo Strauss: la orquesta…
Comentarios