Una joyita o una joya: es la única alternativa que veo para designar a esta ópera, la primera que Prokofiev pudo ver en escena, aunque, como todo, no le resultó tan fácil (y habrá que agradecerle a Mary Garden haber creído tanto en él y en el cuento de Carlo Gozzi). Ahora, de golpe, se ha puesto de moda la versión francesa: por supuesto que es más fácil, pero la única vez que la vi en ruso -en concierto, por el Mariinski y Gergiev, claro- en el Concertgebouw, sin subtítulos y sin entender nada de ruso (un grave bache en la cultura de cualquiera), sonó más auténtica, más satírica que en la clara y dulce lengua gala. Pero ese es un detalle menor.
En el marco del Festival de Holanda, sin la presencia ahora de Chailly y la orquesta del Concertgebouw (qué rápido se pasa todo), la temporada lírica llegó a su fin con una grandísima versión.…
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