Un teatro de ópera es el lugar ideal para poner en práctica uno de los ejercicios mentales más comunes entre los homínidos, derivado del problema existencial en relación con el paso del tiempo, que a estas alturas mantenemos contumazmente sin resolver: en efecto, a lo largo de una función no puede uno evitar las compararaciones de lo nuevo con lo viejo, porque por el pensamiento y por la imaginación se suceden un montón de imágenes y sonidos que inexorablemente excitan ese nervio. Y la función de esta noche daba para eso, y para bastante más.
Nada más nuevo, por ejemplo, que el grupo de jóvenes cantantes reunidos hoy. Fabio Capitanucci tiene voz potente y de buen color, y sabe emitirla para culminar el vals del segundo acto con pasión y con autoridad; a su lado, Laura Giordano parece más soubrette de lo que es -además, su cinturita de…
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