Suiza

Lucerna: Se abre el telón

Andoni Munduate

lunes, 15 de agosto de 2005
Lucerna, viernes, 12 de agosto de 2005. Auditorio de la KKL. Lucerna Festival Orchestra. Claudio Abbado, director. Alfred Brendel, piano. Programa: Ludwig van Beethoven: '3º concierto para piano y orquesta en do menor' Op. 37. Anton Bruckner: '7ª Sinfonía en mi sostenido mayor' WAB 107 (Ed. Nowak). Lucerna Festival 2005
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Un año más se inició el ciclo de música sinfónica de uno de los festivales estivales de música culta más importantes del mundo, con un concierto dirigido por el maestro milanés Claudio Abbado. Y una vez más ha cosechado calurosas ovaciones del selecto público asistente al auditorio de la KKL de Lucerna, diseñado por Jean Nouvel.

La Orquesta del Festival de Lucerna es uno de esos raros casos en los que parece que no sólo 'son todos los que están', sino 'están todos los que son'. La orquesta se creó como iniciativa de Claudio Abbado y el intendente del Festival, el hombre de moda Michael Haefliger, en 2003 a modo de collage internacional de músicos seleccionados de las mejores orquestas de todo el mundo. Están aquí lo más granado de conjuntos como la Filarmónica de Berlín, Orquesta de Cámara Gustav Mahler, Gewandhaus de Leipzig, Cuarteto Alban Berg, Cuarteto Hagen, y un largo etcétera. No hay duda de que los resultados avalan el enorme desembolso de medios humanos y económicos; numerosos críticos locales y foráneos han tildado la agrupación domo "la mejor orquesta del mundo", que se dice pronto. Este año, dicho sea de paso, harán su primera actuación fuera de casa: del 6 al 12 de octubre, en el nuevo Parco della Musica de Roma.

Alfred Brendel fue el pianista elegido este año para acompañarle en la primera parte de la pareja de conciertos gemelos que abrieron el ciclo. Este año, interpretaron el 3º Concierto para piano de Beethoven, de clara inspiración mozartiana, no sólo porque comparte el do menor del Concierto nº 24 de éste, que era el preferido de Beethoven sino también por el cambio hacia el estilo de Mozart que se produce desde los primeros dos conciertos.

Alfred Brendel es, sin duda, uno de los grandísimos interpretes de nuestro tiempo, y probablemente el más devoto al repertorio mozartiano. Director, musicólogo, escritor, poeta, … es un hombre que rara vez crea dudas acerca de su capacidad interpretativa al teclado. Sabiendo todo esto, no es de extrañar que diese una visión 'germana' (¿o debería decir 'austríaca'?) de la obra, con virtuosismos ágiles, débil rubato, y una interpretación más preocupada por la dinámica que por el, por llamarlo de algún modo, 'sentimentalismo' romántico.

Claudio Abbado, sin embargo, ya desde la larga introducción orquestal cayó en una visión más 'italiana' de la obra, subrayando la lírica de las cuerdas sobre la serenidad de las maderas, de un elenco orquestal reducido para la interpretación de este Concierto.

Quizás fue esa divergencia de visiones la que provocó la impresión de disociación entre ambos, escenificando una pieza, por desgracia, que no llegó a ser excepcional, y se quedó en muy buena, siempre teniendo en cuenta que hablamos de intérpretes de primer orden, y que a pesar de la discutible lectura, tanto Abbado como Brendel fueron calurosamente ovacionados al término del grandioso y complicado tercer y último movimiento.

Sin duda no pasará a la historia como una versión de referencia, ql contrario que la impresionante milanese conection del año pasado, donde Abbado y Pollini interpretaron el 4º Concierto para piano de Beethoven.

Como plato principal del concierto se sirvió la Sinfonía nº 7 de Bruckner, en la edición de Nowak. El organista de San Florián compuso bajo clara influencia de Wagner toda su vida. Pero este influjo se hace especialmente notorio en esta Séptima, no sólo por el uso de la tuba wagneriana en el segundo y cuarto movimientos, sino también por el empaste tímbrico de ciertos acordes, y en el modo que también conduce ciertas frases hasta el infinito. Digamos que el final del segundo movimiento considera una muestra de la tristeza y angustia de aquel que Bruckner consideraba un Dios de la música.

Como ya nos tiene acostumbrados, Abbado nos planteó un Bruckner transparente y lejano de un misticismo oscuro. Cohesionando cada motivo y reexponiendo los diferentes temas de manera admirable nos introdujo en un Bruckner de viveza máxima. Ni un exceso de pathos, ni una pérdida de tensión; sólo una descripción cristalina del tejido de la sinfonía. Estaban presentes el órgano y la música de cámara; pilares de la composición bruckneriana y además la constante autoreferencia a una música declarativamente absoluta.

Es precisamente la facilidad con la que el lenguaje de Bruckner nos fue expuesto donde podemos valorar más positivamente el momento que vive Abbado: ya desde el primer tema que se eleva sobre el trémolo de los violines en el 'allegro' nos cautiva la delineación perfecta, así como su escrúpulo a la hora de sostener el contrapunto riguroso del austriaco. El segundo acto fue interrumpido en pleno apogeo por un teléfono móvil (en el que sonaba la obertura de Carmen) hecho por el cual el director pareció estar muy molesto a la hora de recibir los aplausos finales. Impulso vital máximo en el 'scherzo' aunque sin las tangencialidades wagnerianas típicas de otros directores, para acabar con un 'finale' en el que las pinceladas de un humor distante nos hacen desembocar el un climax al que sólo el silencio puede seguir.

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