Esta fue la única noche en el Festival de Edimburgo en que no asistí a una representación operística, y aunque el programa fue pensado con acierto por Jonathan Nott y muy bien interpretado por la Sinfónica de Bamberg, acabé sintiendo que había asistido a una producción dramática de primera clase. Antes del concierto la lógica del programa no me parecía obvia, pero a medida que avanzaba se iba haciendo nítida: viajábamos de la muerte a la vida, de la nada a la creación.
Al llegar al auditorio encontramos carteles que pedían que no se aplaudiese entre las obras de la primera parte del programa. Me preocupé porque cuando en otras ocasiones he encontrado este tipo de recomendación (sin olvidar todas las veces que he visto Parsifal), siempre hay algunos que olvidan el consejo y aplauden, siendo reprendidos por sus vecinos de asiento, lo que…
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