Todos lo hemos vivido alguna vez: cuando se está gestando una tormenta de verano, el brillo de los relámpagos en el horizonte y el sonido de los truenos forman uno de los espectáculos audiovisuales más fastuosos que pueden existir. La atmósfera se carga de un olor a tierra mojada que nos hace sentir, incluso a los más urbanícolas, un fuerte tirón de apego a la tierra, de pertenencia a ella. Pero ese olor no es el único que actúa como desencadenante de sentimientos: el calendario es como un variadísimo menú de aromas que, a lo largo de las estaciones, nos va llamando con esa potencia extrema que tiene el olfato para despertar los recuerdos más profundos e inconscientes de nuestra memoria vital.
Hay, sin embargo, ocasiones en que el mecanismo de la memoria se invierte: el pensamiento, la consciencia (¡y la conciencia!) nos pueden hacer…
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