Fue éste un concierto excepcional, en varios sentidos. Uno, porque no estuvo anunciado en los periódicos, ya que era mayormente por invitación. Dos, porque no era un recital de viola y piano corriente, por la configuración del programa. Tres, porque los dos músicos tocaron para la Fundación Caja Duero en función de sus actividades pedagógicas sitas en Salamanca, apoyadas por esa entidad, una labor admirable dirigida a los jóvenes, que tanta falta hace. Y cuatro, porque la forma de presentación del concierto, propiamente, fue todo menos convencional.
En efecto, el escenario del Teatro Real se había transformado con medios muy sencillos en una sala de estar. Un piano, un atril, una mesita redonda con una jarra de agua y dos copas y un sillón forrado en cuero, confortable, todo ello delante de un biombo acústico alto de madera, delante del…
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