Es costumbre entre los cronistas referirse a las sinfonías brucknerianas como edificios imponentes de dimensiones catedralicias con -algunos añaden- sonoridades organísticas, y a sus intérpretes como arquitectos de la batuta más o menos duchos en la construcción de semejantes obras. Insana costumbre. Porque de ese modo no sólo consiguen que el converso lea en diagonal, sino que -y esto es lo imperdonable- provocan que el hereje huya despavorido, presa de un lógico pánico ante lo que -de buena fe- percibe como un tostón interminable.
Retrocedo un año en el tiempo: cuando apareció en Deutsche Grammophon el registro de la toma de posesión de Christian Thielemann como nuevo Generalmusikdirektor de la Filarmónica de Múnich (Quinta sinfonía de Bruckner) algunos nos llevamos las manos a la cabeza al leer las notas firmadas por él en la…
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