Iluminado por potentes focos de luz cenital y con el resto de la sala oscurecida, un piano Steinway en el centro del escenario espera -en este caso sin polvo- "la mano de nieve que sepa" arrancarle los mejores sonidos. Se hace el silencio, una puerta se abre, Zimerman avanza decidido y, tras un rápido saludo al público, sus manos expertas comienzan a recitar el primer tema de la Sonata K.330 de Mozart. El sonido es perfecto. El recital promete.
Al igual que toda su producción, la Sonata K.330 lleva las señas de identidad del genio de Salzburgo, siendo extraordinaria la riqueza de su inspiración melódica. Zimerman nos ofreció un sonido aterciopelado y delicado. Gracias a un fraseo excelente y a una discreta e inteligente pedalización, la melodía parecía fluir con naturalidad y lógica abrumadoras. En veinte minutos -tres movimientos- el…
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