Hay puestas en que la decisión de dar una continuidad a los tres actos de El holandés errante (o, como se guste, El buque fantasma, que es un título sumamente sugestivo) tiene sentido. Pero, como sucede particularmente con los románticos, que pensaban muy bien los finales, siempre se pierde algo. Aquí, particularmente el final sobrecogedor del segundo y el principio entre alegre y demoníaco del tercero, fueron dos pruebas concluyentes de que mejor -aunque sea, y más para parámetros wagnerianos, una ópera ‘breve’- respetar al autor aunque se salga algo más tarde (considerando, además, la media de edad del público, sería todo un detalle para con él).
En fin, que he empezado por la puesta porque, si han leído ustedes la ficha, habrán visto que es lo que más ocupa en la descripción. Con eso ya hay bastante. No me pareció mala (tampoco…
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