Dentro de la que es la tónica en los teatros berlineses -la provocación y el gusto por la violencia, venga o no a cuento- Homoki es un soplo de aire fresco por su sentido poético, por su dulzura, y por su definición de unos caracteres que de entrada -como pasa con los personajes de cuento- son ideas y no seres reales. La realidad, la vida, se la da Homoki con su montaje.
Los elementos escénicos no son nada complicados: en el primer acto una choza, definida sólo por la silla y la puerta que se abre, totalmente en colores pardos y grises, incluso en la ropa de los niños, para indicar la pobreza y miseria en que se mueven; el segundo acto, un bosque nórdico que no intenta ser naturalista, sino una ilustración de cuento, con unos colores verdes muy brillantes y una iluminación clara; el tercer acto, la choza de la bruja, nuevamente muy…
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