Parece que fue ayer cuando la escuché por primera vez. No me pareció gran cosa, porque tampoco sabía yo gran cosa, de esto y de ella. Fue en esa Die Frau ohne Schatten del setenta y muchos, con Böhm. Ella, claro, ya no estaba del todo bien de voz, pero eso es como decir que seguía siendo la mejor. Lo fue siempre realmente, incluso con esa Elektra con Carlos Kleiber que ya pesaba y pesaba. Esto es empezar por el final, lo sé, pero es que de y por finales escribo.
Poco después escuché lo anterior y, claro, me asombré de aquella roca de veta inagotable, de aquel brillo perpetuo en todas partes, del equilibrio supremo, de la naturalidad, de la generosidad, de esa entrega total suya, porque daba lo que se le pedía: ni más ni menos. Me percaté de su evolución tras el paso por Bayreuth y de cómo avanzó como artista después, poco a poco. Los…
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