Discos

No hay Curtis que por Händel no venga

Raúl González Arévalo
miércoles, 1 de febrero de 2006
Georg Friedrich Händel: Radamisto (1720). Libreto adaptado (probablemente por Nicola Francesco Haym) de L’amor tirannico de Domenico Lalli (Venecia, 1710/1712). Joyce DiDonato (Radamisto), Patrizia Ciofi (Polissena), Maite Beaumont (Zenobia), Dominique Labelle (Fraarte), Laura Cherici (Tigrane), Zachary Stains (Tiridate), Carlo Lepore (Farasmane). Il Complesso Barocco. Alan Curtis, director. Alain Lanceron, productor ejecutivo. Laurence Heym, productor. Valter Neri, ingeniero de sonido. Grabado en el Palazzo Doria Pamphili, Viterbo (Italia) en septiembre de 2003. 3CD (DDD), 177 minutos. Virgin 7243 5 45673 2 2
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Cuando van quedando pocas óperas de Händel por grabar, son igualmente bienvenidos los nuevos registros de obras que sólo contaban con una versión. Es el caso de este Radamisto, el más atendible hasta la fecha, del que sólo contábamos con la visión de McGegan (Harmonia Mundi), novedosa en su día, pero que no ha envejecido bien, sobre todo a tenor del desarrollo alcanzado por los criterios filológicos. Por otra parte, siempre es interesante escuchar el primer trabajo completamente original que Händel dio a los escenarios ingleses, una opera seria que era la más alta forma de 'Arte' en su opinión. Por ello es lógico que Händel cuidara todos los detalles e incluso introdujera en la orquestación instrumentos hasta entonces desconocidos en Gran Bretaña, como la trompeta y el corno.

Otra razón para aplaudir este registro es el hecho de que, frente al anterior, propone en primicia la primera versión de 1720, representada en la corta estación de apertura de la Royal Academy of Music, puesta en marcha por un puñado de nobles y gentileshombres con el apoyo de Jorge I. Sólo extraña la decisión de Curtis de sustituir un aria de la primera versión (“Sposo ingrato”) por otra de la segunda (“Barbaro, partirò”) por no considerarla apropiada a la situación dramática, remitiéndose a otra grabación para escuchar la original. De esta forma las operaciones filológicas se discuten a sí mismas.

Respecto a la interpretación, frente al barroco italiano -porque Händel compone fundamentalmente en estilo italiano, no lo olvidemos- nos hallamos ante un problema similar al que plantea Mozart, servido por dos escuelas tan diversas como la germana y la italiana. La renovación de la interpretación barroca ha venido de la mano primeramente de anglosajones, seguidos por los galos y germanos, cuyo modo de interpretar no siempre se entiende con una escuela italiana barroca que desde hace un tiempo también se va afirmando. En consecuencia, soy consciente de que el lector se encontrará más o menos de acuerdo con esta recensión en función de su propio criterio, más cercano a una u otra escuela.

Alan Curtis está desarrollando precisamente con Händel una considerable carrera discográfica (Rodrigo, Arminio, Rodelinda, Lotario). Las líneas maestras de su dirección son visibles en todos sus registros: pulcritud en los sonidos y respeto a la partitura, elementos dignos de todo elogio. Pero en mi humilde opinión hay también otros factores que lastran el resultado final, principalmente un acercamiento excesivamente académico, casi aséptico, que a la larga se traduce en una visión uniforme e inevitablemente monótona de cada trabajo. En consecuencia nos hallamos ante un producto de muy alta calidad formal, pero con poca fantasía, con el riesgo imperdonable de aburrirnos.

En este contexto tan british, con un reparto mixto, las diferencias en las prestaciones interpretativas -para las canoras el discurso de la nacionalidad no cuenta- se acentúan en función del origen de los cantantes, aunque en realidad el discurso de un fraseo trabajado no sólo a partir de la intención de la palabra, sino también de los colores de la voz, no debería tener ciudadanía. De ahí que considere que en conjunto el reparto es más que competente -un buen nivel se daba por descontado-, aunque no para tirar cohetes.

Uno de los problemas del extenso reparto es la cantidad de voces femeninas presentes, tres sopranos y dos mezzos, por lo que resulta más difícil distinguirse. Vayamos por parejas: Patricia Ciofi destaca entre las sopranos por la maestría en el fraseo y el gusto en el canto; su ‘Polissena’ es impecable. Como su marido ‘Tiridate’, el tenor Zachary Stains supone un pobre contraste en virtud de una voz ligera, de timbre ingrato; la pronunciación con un palpable deje inglés no ayuda a mejorar una prestación correcta.

Dos mezzosopranos para la pareja ‘Radamisto’-‘Zenobia’ de entrada no es una idea feliz por la falta de contraste, si bien cada una consigue diferenciarse, por el timbre oscuro y aterciopelado Maite Beaumont, estupenda como la sufrida esposa, más sopranil el de Joyce DiDonato, que sin embargo no profundiza en exceso en el príncipe tracio, del que hace una composición bastante plana, más melancólica que heroica.

Carlo Lepore exhibe una bella voz de bajo, timbrada y sin competencia entre el resto de reparto, para la clásica figura paterna representada por ‘Farasmane’. Como amantes no correspondidos quedan la eficaz Laura Cherici como ‘Tigrane’ y la gentil Dominique Labelle como ‘Fraarte’.

Il Complesso Barocco exhibe un buen sonido, brillante, compacto, pero la dirección metronómica -es asombroso que no haya la más leve variación entre los movimientos de varias arias- le impide dejarse llevar y alcanzar cotas más altas en momentos evidentes para su lucimiento, como la ‘sinfonía de conquista’ y las danzas que cierran cada acto.

La presentación es buena, en la línea de la casa, con interesantes notas sobre las fuentes, la estructura y la recepción de la ópera de la mano de Anthony Hicks; fotografías de los cantantes y el libreto en italiano traducido al inglés. La toma de sonido, salvo algún desequilibrio -Stains a veces suena un poco distante- es buena en general. En definitiva, un registro obligatorio para händelófilos, optativo para los demás mortales en vista de que tampoco es uno de los títulos maestros del catálogo del sajón.

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