Hace pocas semanas expresé en una crónica de concierto mi preocupación por el uso de la palabra “virtuoso” con relación a un conjunto de cámara. Vuelvo a repetir lo mismo: un virtuoso del violín ciertamente domina su instrumento de forma cabal, pero no necesariamente será un buen músico. Lo deseable sería un buen músico que también posea virtuosismo.
Escuchando este CD, lo primero que se me ocurre preguntar sería: ¿y cómo interpretaría Gabriel Arcángel una Sonata de Mozart o Beethoven, o una Partita de Bach? Porque, sobra decirlo, técnica violinística no le falta, y su juego es limpio, hasta en las acrobacias más intrincadas. Pero -y lamento tener que decirlo de forma tajante- en los pasajes líricos no me logra seducir, y aquí hay unos cuantos, preciosos, como por ejemplo el inicio y final de la Leyenda op 17 de Wieniawski, una melodía…
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