Hace poco, en un importante foro español se afirmaba alegremente que, comparado con la de otros, la música de Dvořák es chabacana, que el amor o preferencia por su legado no supone otra cosa que una especie de ardor juvenil y pasajero del oyente, y que el checo anda fuera de las listas de los compositores más grandes de la historia. Al margen de la nimia importancia, en el aspecto científico, que pueda tener la opinión de un participante en un foro de Internet, sorprende que un autor de la importancia de éste, cuya música se escucha por doquier y cuyas partituras más desconocidas están siendo revitalizadas por estudios y repetidas interpretaciones, siga arrastrando ciertos sambenitos en el imaginario colectivo. Sí, es cierto que sobre gustos no hay nada escrito; pero lo preocupante en este caso son las (nulas) razones que se exhiben para…
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