Resulta curiosa, aunque también lógica, la dicotomía existente entre el público que asiste a conciertos como el que me toca comentar. Este público, una masa heterogénea de caracteres y motivaciones, se divide en dos bandos dependiendo, por norma, del grado de especialización de cada uno, de su experiencia en el mundo musical o simplemente de su más o menos dilatada trayectoria como oyentes y/o escuchantes. Los hay que, cerrando los ojos con aspecto místico, disimulan una excesiva relajación producida por la música; los de lágrima fácil que se emocionan hasta con las marchas de Sousa; señoras que compiten por ver quien puede llevar más kilos de pieles encima y, por supuesto, una mayoría de público atento y crítico con lo que le ofrecen, entre los que se encuentran un gran número de músicos y especialistas en el hecho musical. Por toda…
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