En concierto nos tocó este año un conjunto de obras juveniles del gran compositor de Lucca. Que llegó a ser grande, ya con su tercera ópera, a menos de diez años de la que nos ocupará, pero que hasta entonces sólo exhibía momentos, rasgos interesantes que sólo después se comprenderían bien. En este sentido, es didáctico -considerando sobre todo el nulo valor dramático de una obra primero en un acto, luego en dos y que tiene necesidad de un narrador (recurso que Cocteau y Stravinski explorarían mejor después)- ofrecer un concierto agrupando la primera fatiga lírica de Puccini con sus ejercicios sinfónicos de la misma época (el Preludio dataría de 1882, en tanto que el Capricho es el ejercicio final exigido por el Conservatorio de Milán, que el autor, por más ejemplos de La Bohème que en él haya, no tuvo interés en publicar).
Esto sería…
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