Hacia fines de la década de los sesenta y a través de la década siguiente, la tradición coral inglesa, que prefiero llamar “la gran tradición coral inglesa” llegó a su cumbre artística con muchos coros de gran calidad y con asociaciones corales que tenían la capacidad económica y artística de poder montar obras corales de envergadura a través de muchas temporadas. Esa misma tradición coral se aplicaba a los counties o provincias, y no era nada raro encontrarse un día en la ciudad de Sheffield con un cuarteto de solistas que cantaban el Requiem de Verdi, que no hubiera estado fuera de lugar en Londres o en cualquier gran sala de conciertos del mundo. Tampoco el repertorio era algo común y “siempre lo mismo”. Había obras como la Sinfonía Coral de Holst, para soprano, coro y orquesta, o las misas de Haydn y Schubert y, como nunca debería…
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