En muchas ocasiones me he referido a la infinita inventiva sonora del austríaco Wolfgang Amadé Mozart. A veces influido por su entorno, otras sin influencia alguna sino producto de su extraordinaria musicalidad. En esta oportunidad, la obra escuchada fue escrita luego de conocer en Mannheim la orquesta que habían creado los Stamitz y que causaba sensación a quien la conocía. Allí se le ocurrió la idea de "concertar" un árido cuarteto de vientos (oboe, clarinete, fagot y corno), con el sonido de un buen número de cuerdas más dos oboes y dos cornos que integraban el ripieno orquestal. El producto resultó en una página que a pesar de su extensión mantiene su vitalidad en todo momento. Es verdad que el grupo de cámara deslizó pequeños desajustes pero a cambio el cuarteto solista compuesto por Emilio López (oboe), Eugenio Tiburcio…
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