Alguna vez hay que comenzar por el público. Se supone que quien asiste a un concierto de cámara (aunque sea de voz) tiene un gusto y una conciencia musical aguzados. No se entiende, entonces, que -aparte de las contumaces toses en las que muchos parecen dejar todo su aparato respiratorio- se oigan portazos de quien tiene prisa y deja la ‘Nana’ de Falla por la mitad, al final de la velada. Para no hablar de quienes aplauden donde se les antoja y, naturalmente y pese a la insistente y ruidosa advertencia inicial, dejan su celular abierto que suena tranquilamente sobre la música de Fauré (justo cuando consiguen encontrarlo y apagarlo, es el turno del siguiente).
Eso, en un teatro lleno a medias (el Liceu es, en cualquier caso, demasiado grande para un concierto de cámara, pero mejor que los programe) y con una voz de las dimensiones de las…
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