Francia

Sweet Mandarin Suite, o El vals murió en París.

Samuel Llano
Sweet Mandarin Suite, o El vals murió en París.
Paris, martes, 2 de mayo de 2006.
Théâtre du Châtelet. Nikolaï Lugansky, piano. Orchestre Symphonique de Montréal. Kent Nagano, dirección. Zoltan Kodály (1882-1967), Danses de Galánta, para orquesta (1933); Béla Bartók (1881-1945), Le Mandarin merveilleux, suite para orquesta, op. 19 (1918-1919, 1928); Johannes Brahms (1833-1897), Concierto para piano y orquesta nº 2 en si bemol mayor, op. 83 (1878-1881)

El público del Théatre du Châtelet gusta de la parafernalia. Uno se pregunta por qué es necesario tanto de todo para escuchar unos minutos de música. Desde una esquina del patio de butacas -no me pregunten cómo logré abrirme paso hasta ahí- uno se siente como el forense en la escena del crimen, anotando los pormenores de un cadáver en proceso de descomposición. Solamente el rugido del metro bajo los pies comunica el teatro con el mundo de los vivos. Quizás la situación era la idónea para plantearse ciertas cuestiones acerca de la relación entre las élites culturales y el “pueblo”, según se manifiestan en la obra de Bartók y Kodály.

Dicen las notas al programa de Laurent Slaars que los húngaros contemporáneos de estos dos compositores no se reconocían en su música “nacionalista”. No les culpemos, ni a unos, ni a otros. Bartók y Kodály…

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