No soy del parecer de que el público tenga razón siempre y forzosamente. Ni tampoco de que no haya que desafiarlo, provocarlo, incitarlo. Entre otras cosas, porque yo me considero siempre parte de él y no me gusta que me sirvan siempre la misma sopa. Pero sé que hay que escucharlo y que también hay que tenerlo presente en una programación porque una obra (de prosa, en verso, en música) vive principalmente por y para él. Y eso por ejemplo lo tenía muy claro Verdi que, además, escribía -cuando le dejaban tiempo suficiente- como y lo que le parecía.
Uno piensa en ese día de 1842 en que el ciclón Nabucco se abatió sobre Milán y no acaba de creérselo, porque hoy mismo esa explosión de ideas y de energía -a veces cruda, brutal, pero siempre sincera y humanísima- sigue contagiando a la gente.
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