Suelo huir de la japonesita, por varios motivos. Sobre todo ahora que hemos vuelto a lo que Puccini se empeñó en deshacer: los dos actos originales que transformó en tres. Y menos mal que aquí hubo piedad y se bajó el telón tras el coro a bocca chiusa para que las pobres intérpretes pudieran desentumecerse un tanto. Es una obra difícil y hay que conjugar varios factores (no sé para qué se empeñan en servirnos la recepción del primer acto entera: no será por ella que su autor pase a la historia).
Y menos mal que la puesta fue sensata, con momentos de gran belleza y de luz, aunque sumamente despojada, lo que hizo aún más patente el enorme escenario del Liceu y dejó recar el mayor peso en los artistas. Pero no molestó, tuvo dos o tres momentos poéticos, los cambios ‘anímicos’ de la iluminación fueron correctos y la muerte de la protagonista,…
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