Mientras en casi todo el mundo occidental la música de cámara sufre una grave crisis, los alemanes siguen manteniendo su tradición con enorme seriedad. Y eso se traduce incluso en pequeños detalles como la elegancia en el vestuario de gran parte de los asistentes o el entusiasmo y calidez con que se aplaudió a los músicos, costumbres ambas que en muchos países se reservan sólo para la ópera o -como mucho- los conciertos sinfónicos.
Pero esa seriedad y apego a la tradición fue también el principal problema que le ví a este concierto. Construir un programa compuesto por dos obras tan monumentales como son el Octeto de Schubert y el Quinteto op. 115 de Brahms en un mismo concierto resulta demasiado denso tanto para los intérpretes como para los oyentes. Y a juzgar por el concierto de cámara que escuché el año pasado en este mismo Festival…
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