Empecemos por donde corresponde: la protagonista indiscutible de la noche era Mariella Devia, que después de más de dos décadas cantando Lucia di Lammermoor daba su adiós definitivo al papel que la ha hecho famosa en el mundo lírico, en el coliseo italiano más prestigioso.
No estoy de acuerdo con aquéllos que hablan de ‘milagro’ -en éste como en otros casos- y pretenden que el tiempo no ha pasado para la ilustre soprano de Imperia. Es más, me parece que le hacen un flaco favor: la voz ha perdido en homogeneidad y esmalte, y la coloratura -sin que haya sido este signo de virtuosismo en particular marca distintiva de la casa- es algo más prudente. Lo que sí merece una alabanza sin reservas son los agudos y sobreagudos, aún firmes, seguros, potentes, resueltos con una facilidad sorprendente; los filados y las medias voces siguen presentes,…
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