Hay algo maníaco y ceremonial al comienzo de esta obra, el telón cubierto de inscripciones que traducen el dicho Erlösung dem Erlöser a todos los idiomas, es algo como una plegaria constante y repetitiva, que si se repite lo suficiente es posible que se convierta en realidad. Durante el preludio la vista se pasea por todo el telón como si se buscase un nombre reconocible en una larguísima lista de seres desaparecidos.
Al subir este telón se ve un árbol caído de espaldas cubierto de nieve en el centro del escenario, del costado del árbol surge la figura inmensa de Gurnemanz que despierta a los dos escuderos tendidos sobre el árbol que enseguida se arrodillan frente a él y le toman las manos. Gurnemanz es el vínculo con la paz interior en un ambiente de confusión y nerviosismo.
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