¡Cuánto cambiaron las cosas beethovenianas de ayer a hoy! Esta noche Christoph Eschenbach, aun manteniendo la plantilla de cuerda de la orquesta al completo, sí dio una lectura puesta al día de la maravillosa Octava sinfonía: los tiempos fueron vivos, la articulación inmaculada, los ataques con su poquito de aspereza -sobre todo en los movimientos extremos-, y hasta el timbalero usó mazas de sonido más seco. Y sobre todo, la interpretación salió muy natural y con gran impulso: los tres últimos tiempos no ofrecen dudas sobre su carácter, que va del desenfado del ‘allegretto’ al descaro del ‘vivace’, y Eschenbach así los planteó.
La madre del cordero, creo, siempre está en el primer tiempo, que algunos ven como explosión de alegría, y otros -es verdad que son los menos- como manifestación dramática. Entre estos últimos se encuentra, por…
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