Aunque las tres piezas de este disco se grabaron en diferentes ocasiones, las tres tipifican el nivel de variedad que habitualmente Clifford Curzon gustaba de incluir en un solo concierto; en efecto, resulta difícil pensar en tres obras para piano y orquesta –¡y en la tonalidad de Do menor!- más marcadamente contrastadas. Desde el ‘oh, qué inglés’ Concierto de Delius hasta la complejidad intelectual y emocional del K.491, pasando por la ‘explosiva banalidad’ de la Fantasía coral op. 80 de Beethoven, la maravillosa versatilidad de Curzon no podría quedar mejor representada en un solo cedé.
Las interesantes notas de Bryce Morrison indican que, aunque llegó a tener un repertorio de más de 50 conciertos, "al final Curzon se concentró casi exclusivamente en las obras maestras más acabadas, en música que -en las inmortales palabras de Schnabel-…
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