Alemania

Una sorpresa inesperada

Maruxa Baliñas
miércoles, 11 de octubre de 2006
Martin Grubinge © Simon Pauly | RFG Martin Grubinge © Simon Pauly | RFG
Bonn, sábado, 23 de septiembre de 2006. T-Mobile Forum. Percussive Planet-Lange Nacht der Schlagzeuger. Grupo de percusión, vientos y cuerdas. Yaara Tal, Andreas Groethuysen, Per Rundberg y Eric Chumachenko, piano. Martin Grubinger, percusión, concepción del espectáculo y dirección musical. Aaron Copland, Fanfare for the common man. Iannis Xenakis, Psappha, Rebond a, y Rebond b. Steve Reich, Six Marimbas. Astor Piazzolla, A tribute to ...: 'Lucha de cuchillos', 'Tres movimientos de la Tango-Suite' y 'Street Dance'. Leonard Bernstein y George Gershwin, Una identidad americana: fragmentos de 'Porgy and Bess', 'Rhapsody in Blue', 'Un americano en París' y 'West Side Story'. Michel Camilo, Caribe. Richard Strauss, Wiener Philarmoniker Fanfare. Dimitri Shostacovich, Sinfonía nº 15 (arreglo de Viktor Derevianko para violín, cello, piano y tres percusionistas): 'I. Allegretto', 'III. Allegretto' y 'IV. Adagio-Allegretto'. Anders Koppel, Concierto nº 3 'Linzer' para solo de marimba, piano y grupo de cámara. Nikolai Kapustin, Concierto para dos pianos y dos percusionistas. Bruno Hartl. Concierto para solo de percusión, dos pianos, grupo de viento y grupo de percusión. Colin Spiers, Fanfare para quinteto de metales (arreglo para 13 instrumentos de viento) y percusión. Keiko Abe, Prism Rhapsody. Toshimitsu Tanaka, Persona. Matthias Schmitt, Ghanaia. Minoru Miki, Marimba Spiritual. Martin Grubinger, Planet Rudiment. Beethovenfest Bonn 2006
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Si observan la kilométrica ficha de este concierto, dirán ustedes que he copiado mal y que es imposible que Martin Grubinger (Salzburgo, 1983) y su grupo hayan tocado todas estas piezas. ¡Pero si suman cinco horas de concierto!

Efectivamente, casi seis horas duró, con los dos descansos, este concierto de 'La larga noche de los percusionistas', y durante todo el tiempo Martin Grubinger junior -su padre también participó en el concierto- no paró de tocar, dirigir, hacer solos, y moverse por todo el escenario. Nada de lo que aquí les cuento, o las fotos que acompañan esta crítica, puede dar una idea de la frenética actividad desarrollada por Grubinger.

Si el espectáculo de Grubinger hubiera sido solamente una cuestión de resistencia física, yo no estaría ahora haciendo esta crítica, pero es que -increíblemente- durante todo este tiempo, Grubinger estuvo haciendo música sin interrupción. Por supuesto, hubo piezas más interesantes que otras, y el rendimiento de los músicos no fue siempre igual de satisfactorio. Posiblemente hubiera sido posible hacer un concierto más breve, menos maratoniano y más musical -algunas obras (el Concierto de Koppel, por ejemplo, o la pieza de Spiers) eran simples alardes de los percusionistas-, pero en todo momento Grubinger y sus huestes mantuvieron unos niveles de calidad altos y por momentos se acercaron a lo excelso.

En el capítulo de 'no me convenció plenamente' añadir también que la concepción del espectáculo giró excesivamente en torno a la figura de Grubinger junior, quien acaparó la atención sobre sí mismo hasta el punto de que el concierto se acercó muy a menudo a la estética de una actuación de pop-rock -Grubinger lo fomentaba con su modo de moverse por el escenario y su camiseta blanca ajustada- mientras en otras ocasiones se movía en los cánones de la música clásica convencional (y la mayoría de los músicos vestían un discreto negro).

Fotografía © 2006 by Barbara Frommar

La misma indefinición regía la iluminación, y las proyecciones videográficas que acompañaban la música -el mismo concepto de poner imágenes acompañando la música se aleja de lo habitual en un concierto clásico- las cuales además no acababan de tener un estilo definido, por lo que hubo piezas acompañadas de imágenes abstractas tipo caleidoscopio, otras con trozos de películas o documentales antiguos, y un núcleo abundante donde el tema de las proyecciones era el propio concierto, pero filmado desde un punto de vista opuesto al del espectador. Por supuesto el ángulo de grabación de las imágenes en directo del grupo, siempre ponía a Grubinger junior como figura en primer plano.

Se podría decir que Grubinger, como tantos jóvenes de su edad, considera el concierto 'estilo MTV' o 'macro-concierto' como superior al concierto en directo, la pantalla gigante superior a la realidad, o sea, lo opuesto a la música clásica, donde ver al artista en directo siempre se ha considerado el valor supremo.

Fotografía © 2006 by Barbara Frommar

Y este fue otro de mis elementos de reflexión mientras escuchaba 'La larga noche de los percusionistas'. Sin ninguna duda lo que estaba escuchando era un concierto de música clásica-contemporánea, incluso aunque se celebrara en una sala, el T-Mobile Forum, destinada a conciertos mucho más 'populares' o 'modernos'; incluso aunque el público no fuera el habitual en un concierto de 'clásica' ni se comportara como tal (no entraba y salía en medio de las piezas, pero sí abundaba la gente que mantenía conversaciones -incluso reía sonoramente- mientras los músicos estaban tocando), la duración excediera lo habitual (seis horas es demasiado incluso para una ópera de Wagner), las imágenes resultaran ajenas a las convenciones, y reinara un desenfado poco habitual entre algunos de los músicos. Por momentos incluso parecía que la calidad o justeza de la interpretación no fuera el valor más deseado, pero por otra parte, tampoco lo era el espectáculo en sí mismo. Creo que todos hemos visto ya demasiados conciertos y óperas donde importa lo exterior y no el contenido musical, pero no era el caso en esta ocasión, aquí el respeto al compositor y la música primaba siempre, sólo que desde una perspectiva muy cercana a las actuales corrientes de considerar al intérprete y al público partes tan significativas en una obra musical como el propio compositor.

Imagino que en proyectos futuros Grubinger definirá mejor su estilo. Llevar adelante con sólo 23 años la concepción y realización de un concierto semejante, e intentar hacerlo desde un punto de vista personal (además de encontrar patrocinadores para su espectáculo y convencer al Beethovenfest para presentarlo), es ya un gran logro, que se convierte en hazaña si añadimos que Grubinger fue además solista o director en casi todas las obras del programa, y nunca se retiró del escenario en las más de cinco horas que duró (por supuesto el resto de los músicos rotaban lo habitual). Tuve además la sensación de que Grubinger no se aleja de las convenciones de la música clásica porque quiera atraer nuevos públicos o hacer experimentos, sino porque hace música desde sí mismo, desde su forma de ser persona y músico, y por lo tanto se comporta como un joven de 23 años, para lo bueno y para lo malo.

Fotografía © 2006 by Barbara Frommar

Creo que ahora es el momento de decir que, aunque esté continuamente hablando de las más de cinco horas de actuación de Grubinger, yo sólo asistí a las tres finales. En su crítica a la Orquesta Beethoven de Bonn, Miguel Morate comentaba lo difícil que es en uno de estos festivales seleccionar el mejor de los conciertos, cuando coinciden varios a la misma hora. Bueno, pues yo asistí al estreno de una ópera de Tarnopolski, Jenseits der Schatten, y me equivoqué como se puede deducir fácilmente de la crítica de Xoán Carreira al estreno, así que no voy a entrometerme, pero claramente lo mejor de la noche era Grubinger.

Su 'Larga noche' se dividía en tres bloques, uno inicial dedicado a América, que me perdí totalmente, el segundo dedicado a Europa, que escuché casi completo, y el tercero que abarcaba Australia, Asia y África. Cada uno de estos bloque contenía una gran obra de Xenakis -yo sólo oí Rebond b- y luego una mezcolanza de piezas originales para percusión, fragmentos de piezas más extensas (normalmente eligiendo la parte más lucida para la percusión), arreglos diversos, etc. La trabazón entre las piezas no siempre funcionaba, pero en general, la idea de Grubinger de un recorrido que abarcara diferentes culturas, funcionó bastante bien. Evidentemente Grubinger no tiene las posibilidades de un Kronos Quartet para encargar obras originales, de modo que algunos países estuvieron bien representados -Japón con Keiko Abe y Minoru Miki- y otros no tanto -África sólo tuvo Ghanaia, de Matthias Schmitt y, si acaso, la mítica Marimba Spiritual de Miki, dedicada a las víctimas africanas de las hambrunas de los años 1980-. El concierto terminó como había empezado, con la Fanfarria para un hombre común de Copland. Toda una declaración de principios.

Dada la limitación de espacio, no voy a comentar todas las piezas interpretadas, sino sólo a centrarme en aquellas más significativas.

Fotografía © 2006 by Barbara Frommar

Personalmente la obra que más disfruté fue el arreglo de Viktor Derevianko de la Sinfonía nº 15 de Shostacovich, seguramente la que mejor se adapta a este tipo de arreglo dado el enorme protagonismo de las percusiones en ella. Aún así, parece mentira que una obra tan orquestal como son todas las sinfonías de Shostacovich pueda resistir tan bien un arreglo que además convierte en camerística la parte melódica de la obra al tiempo que respeta la escritura original de las percusiones, pero el caso es que funcionó espléndidamente. Fue además la primera obra que le escuché a Grubinger una vez ya bien asentada en la butaca, consultado el programa, etc. y por ello la impresión fue aún mayor. Lo más curioso es que el grupo de acompañantes de Grubinger no era de gran calidad técnica, y hubo bastantes errores puntuales, pero eso no consiguió romper la impresión de musicalidad y la expresividad de la pieza.

Lo mismo sucedió en Prism Rhapsody de Keiko Abe (1937), la profesora de Evelyn Glennie. También aquí el grupo de metales se mostró poco cuidadoso en el sonido y la dinámica -las cuerdas funcionaron algo mejor-, pero la impresión final fue muy positiva. Y no sólo porque Grubinger hiciera una demostración de virtuosismo, llegó a tocar con seis baquetas al tiempo, sino porque colectivamente consiguen siempre que las obras funcionen. Es difícil comparar, pero seguramente Glennie tiene mejor gusto tocando; sin embargo Grubinger consigue superarla en entusiasmo -¡que ya es decir!-.

Más discutible es la interpretación que hizo Grubinger de la  Marimba Spiritual (1989) de Minoru Miki. Según la propias indicaciones del compositor, la obra es una composición para marimba acompañada de un coro de tres percusionistas siempre a tres voces (aguda, media y grave) donde los instrumentos -que siempre han de ser homogéneos: metálicos, madera, parches, cencerros- van introduciendo transformaciones musicales. Y aquí es donde no estoy de acuerdo con Grubinger, quien no se limitó a su parte solística de marimba, sino que además participó de las cadencia de los tres percusionistas, rompiendo así la homogeneidad que tiene que haber entre las partes de madera, metal y parches. Además por momentos Grubinger, ya cansado -supongo-, se 'desbocó' un poco, y no mantuvo el implacable control que debe haber en la obra.

Quedé encantada con Persona, de Toshimitsu Tanaka, una obra para solo de marimba y cuarteto de percusionistas (parches), dirigida, como muchas de las piezas del programa, por Martin Grubinger senior, que hizo además la parte del bombo, mientras Grubinger junior -como siempre- se reservaba la marimba. No es casualidad que tres de las obras que más me impresionaron correspondan a los tres compositores japoneses, la tradición de obras para percusión es muy importante en este país, gracias a Keiko Abe, destacada intérprete de marimba (y la que diseñó para Yamaha, en 1985, la marimba de cinco octavas que es el standard actual).

De la pieza de Schmitt destacaría el ritmo y la vitalidad, así como el uso de instrumentos menos habituales, incluida una 'tabla gitana' (así le llamamos en España, ignoro su nombre oficial), un djembé, etc. La referencia a la multiculturalidad del Kronos Quartet era muy evidente. Del Concierto de Hartl me interesó la variedad de instrumentos que debe utilizar el solista -visualmente era apasionante ver a Grubinger moverse de uno a otro- que da una gran agilidad a la pieza, y además fue una de las piezas donde más se lucieron los dos pianistas, especialmente Yaara Tal. La obra de Grubinger, Planet Rudiment, no tiene más interés que el meramente técnico, pero al público -ya totalmente entregado- le gustó mucho hasta el punto de cortar la interpretación. 

Podría seguir hablando del resto de las obras en el programa, pero creo que ya he reflejado más o menos los fallos y aciertos de Grubinger, el entusiasmo y gusto por hacer música que dominó todo el concierto, la desmesura del programa y el excesivo protagonismo de Grubinger respecto a su grupo, el planteamiento poco 'clásico' del concierto. Sólo añadiré que si tienen ocasión de escuchar a Grubinger, no se lo pierdan: les gustará o no, pero es toda una experiencia.

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