En el centro del escenario, el Yamaha gran cola; en el lateral izquierdo una pequeña mesa y, sobre ella, una jarra de agua y dos vasos; a su costado, un pequeño sillón. Tocar a cuatro manos implica una total compenetración. Tanta, que a alguien le pareció conveniente que el “desocupado” escuchara desde el propio escenario al compañero cuando toca solo. Eso sucedió en las dos últimas sonatas de Beethoven, que ocuparon la posición central del programa y de las que nos ocuparemos al final. Aunque lo que muchos queríamos era lograr escuchar a Pires y Castro tocando a cuatro manos, después de habernos quedado con las ganas este verano, en el Florilegio Musical Salmantino, cuando el concierto programado tuvo que ser cancelado por motivos de salud de Pires. La espera mereció la pena.
Los seis impromptus a cuatro manos que constituyen Bilder aus…
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