Resulta extraño, en efecto, comprobar que hace mucho que uno no ve una ópera que no sólo es una de las piedras angulares del género, sino que personalmente ama mucho (y más porque, muy pequeño, entró a la ópera por la puerta chica de una representación de no muchos quilates gracias a la sorpresa que le provocó esa extraña mezcla de canto y teatro de título que nadie podía entonces explicarle). Y extraño pensar en cuántas veces más la va a ver, si no es por deformación o deber 'profesional', porque cada vez le parece más difícil de hacer de modo adecuado y equilibrado. Y puestos a extrañarnos, también es extraño que un teatro vanguardista que, por ejemplo, ya cambió dos o tres veces de montaje de Tristán e Isolda, esta temporada siguió (en cierto sentido, comenzó de veras) con un título que es, para muchos, la ópera por antonomasia y una…
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