La marcha de Arriaga a París constituye un antes y un después en su corpus compositivo. En los dos últimos años de su etapa bilbaína se había esforzado por acercarse a los gustos clásicos franceses del Concert Spirituel produciendo motetes religiosos, el Stabat Mater y el O salutaris Hostia, ambos interpretados en el disco que nos ocupa. Continúa en la misma línea al comienzo de su estancia parisina, componiendo la ya mencionada fuga Et vitam venturi, una Salve Regina y una Misa a cuatro voces, todas ellas piezas hoy perdidas. Sin embargo, fuera de los fastuosos encargos oficiales para ocasiones solemnes -a los que Arriaga no podía acceder-, el interés del público parisino de los años veinte ya no se centraba en las piezas religiosas, sino en la música dramática, bien se tratase de la ópera seria de Spontini (1) o Cherubini, bien de la…
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