Una figura esbelta, vestida de blanco y de cabellera plateada y gafas negras camina en una tarde de verano anticipado frente a la Opéra Bastille en París y se pierde, como tantos otros, en una boca de metro. Voy hablando a su lado, miramos cada uno nuestra dirección, se despide con una enorme sonrisa y un gesto expresivo de saludo, y ahí es cuando me doy cuenta de que he estado más de una hora sentado con él en su camerino un día después de una de sus representaciones de Simon Boccanegra: un hombre joven (él dice que no tanto), generoso, extrovertido y espontáneo que es uno de los grandes barítonos del momento (caigo también en la cuenta de que he entrevistado más de su cuerda que de cualquier otra).
Dmitri Hvorostovski, que ha llegado puntualísimo pese a estar pendiente del teléfono porque espera la llegada de su esposa, me pregunta…
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