He visto ya unas cuantas Arabellas desde una primera y lejana vez argentina con Heather Harper y Ferdinand Leitner. Es una obra que, para mí, envejece bien. Para mí, no es menor ni una copia más o menos feliz y en tono menor del Rosenkavalier.
Creo, por la reacción de la sala (atestada menos siete localidades extrañamente libres en platea cuando todo estaba vendido), que no soy el único. O pertenezco a la inmensa minoría de los que hemos pasado –por encima de algún reparo- una velada de primer orden, de esas que no se olvidan fácilmente. Diría ‘inolvidable’, si hoy ese tipo de palabras no me dieran miedo: constato, una vez más, que he envejecido. No, sin embargo, lo bastante como para no advertir cuando estoy en presencia de un hecho poco menos que excepcional (el ‘poco menos que’ es también un signo de edad, qué le vamos a hacer).
Comentarios