Las dos primeras imágenes que me vinieron a la cabeza cuando me enteré de la muerte de la soprano Beverly Sills fueron muy distintas entre sí. Primero pensé en ella cantando Roberto Devereux de Donizetti. En concreto, recordé a Sills cantando la stretta “Va, la morte sul capo ti pende”, en que condena a muerte al tenor, del que está trágicamente enamorada. Como Isabel I, Sills hacía gala de las virtudes artísticas que la han convertido en una leyenda operística. Por un lado, una capacidad para la coloratura y los agudos más que notable. Y por otro, una voz con un cuerpo, un color broncíneo y unos graves que a menudo no se asocia a las sopranos ligeras. Junto a esta combinación de ligereza y potencia, que la hicieron casi única y le permitieron cantar papeles de peso, estaba su entrega como actriz. Su rostro, sus manos y su andar…
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