La inauguración del prestigioso festival Rossini en la bella Pesaro natal del autor (que recuerda en sus calles a otros grandes compositores y cantantes, en particular Tebaldi, Corelli y el padre del regisseur de la velada) resultó un éxito a medias. No por la obra, que sigue siendo extraordinaria (aunque probablemente la odiosa comparación con el posterior título verdiano le haga daño), sino por algunos imponderables y algún ‘ponderable’. Del Monaco hijo no reedita, pese a su posición dominante, la admiración que, aunque con algún bemol (particularmente en pianissimo), despertaba el gran Mario. Sus montajes no son ni alocados ni tradicionales, y terminan no sabiendo a nada.
En este caso, aparte de la dichosa costumbre de ‘escenificar’ la obertura con varios ‘Yagos’ (sigo encontrando esta cantidad de figurantes un tanto excesiva y no sólo…
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