Austria

El punto de partida de una nueva Tetralogía: la Valquiria

Gerardo Leyser
lunes, 4 de febrero de 2008
Viena, jueves, 20 de diciembre de 2007. Wiener Staatsoper. Die Walküre (La Valquiria), ópera en tres actos, primera jornada del Festival Escénico 'El anillo del Nibelungo'. Texto y música de Richard Wagner (estreno Munich, 1877). Sven-Eric Bechtolf, director de escena. Rolf Glittenberg, decorados. Marianne Glittenberg, vestuarios. Elenco: Johann Botha (Siegmund), Ain Anger (Hunding), Juha Uusitalo (Wotan), Nina Stemme (Sieglinde), Eva Johansson (Brünnhilde), Michaela Schuster (Fricka), Amanda Mace (Helmwige), Caroline Wenborne (Gerhilde), Alexandra Reinprecht (Ortlinde), Aura Twarowska (Waltraute), Sophie Marilley (Siegrune), Daniela Denschlag (Grimgerde), Zoryana Kushpler Schwertleite), Cornelia Salje (Rossweisse). Orquesta de la Ópera del Estado de Viena. Franz Welser-Möst, director musical
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A la luz de lo expuesto en el artículo que acompaña esta reseña [ver artículo], se puede entender la razón por la cual Joan Holender decidió avanzar sobre seguro y evitar directores de escena que se destaquen por su afán innovador. Por lo tanto recurrió a una terna de artistas probados que ya había trabajado exitosamente en el teatro. Se trata del director musical Franz Welser-Möst, el director escénico, Sven-Eric Bechtolf y el escenógrafo Rolf Glittenberg.

Cuando se anunció el montaje de esta nueva Tetralogía, todavía no se hablaba de la sucesión de la actual dirección del teatro. Es por lo tanto, una feliz coincidencia que la dirección musical de esta Tetralogía le haya sido confiada a Franz Welser-Möst quien posteriormente fue designado para asumir, en septiembre de 2010, la dirección musical del teatro. Gracias a ello, el proyecto será también suyo y le interesará conservarlo al más alto nivel posible.

No es la primera vez, en la historia de este teatro, que el montaje de una nueva Tetralogía se inicia con Die Walküre (en lugar de Rheingold). Ello estriba, en parte, en el hecho que el propio Wagner haya empezado a componer la Tetralogía con esta primera jornada y no con el prólogo. Por otra parte, el equipo vienés (avalado por el director del teatro), llegó a la conclusión de que sería más interesante montar Das Rheingold en último lugar, puesto que ya se contaría con una visión de conjunto del ciclo, hecho que constituiría una gran ventaja para montar un prólogo que mantuviera afinidad con lo que habrá de ocurrir.
 
Con el estreno de Die Walküre se reveló la incógnita de cuál será la orientación general que tendrá este nuevo ciclo. En lo que atañe a esta primera jornada, quedó claro que lo anunciado por Bechtolf se cumpliría, a saber: una puesta que básicamente respetaría el original sin desviarse en interpretaciones novedosas o fantasiosas. No se montará una Tetralogía en un futuro utópico, o en una postguerra atómica, o en el espacio, sino que tratará de un montaje sin conceptos extravagantes que se mantendría dentro de los parámetros de la idea original sin por ello entregarse a tendencias historicistas. Bechtolf centró su atención en la parte psicológica del drama. Su visión de Die Walküre no fue mucho más allá del relato de los acontecimientos que no cargó con símbolos de mitología germánica, pero sin dejar por completo de hacer alusiones a dicha mitología como, por ejemplo, mediante la proyección de un lobo blanco (en movimiento) que aparece como un leit motiv en aquellos momentos oportunos del relato.

En lo que respecta a esta primera jornada, se trató, en definitiva, de un montaje sumamente conservador y respetuoso del original. La principal preocupación de la dirección escénica no fue la interpretación de los hechos sino la exploración de las relaciones humanas y psicológicas entre los personajes. Se destacaron, por sobre todo, algunos detalles muy bien observados en lo que atañe a sentimientos, emociones, pasiones, pesadumbres, congojas, esto es, todo aquello que el drama requiere y trae consigo. Pero Bechtolf podría haber realizado un esfuerzo interpretativo en cuanto al posicionamiento de la obra en la actualidad.

Los decorados sencillos y sumamente unitarios en su estructura periférica, presentan con un mínimo de elementos necesarios para ilustrar los aspectos inherentes al libreto. En el centro de un gran salón diseñado en un escueto estilo Art Nouveau (o Jugendstil), se yergue, como si fuera una columna, el tronco estilizado del fresno en el cual se encuentra incrustada la espada Notung. Este 'árbol columna' se encuentra rodeado por una maciza mesa de sencilla forma irregular. Estos elementos, junto con un par de sillas, constituyen el decorado del primer acto. En realidad la presencia del árbol en el centro de esta arquitectura interior de fines del siglo XIX, no cumple función estructural alguna. Su única razón de ser es satisfacer la exigencia del libreto, esto es, servir de vaina para la espada otrora plantada allí por Wotan para salvar a su hijo.

Los dos actos siguientes presentan decorados de similar sobriedad. Efectivamente, Glittenberg los redujo a su mínima expresión: un exterior boscoso para el segundo acto, y un escenario despojado, para el tercer acto, a no ser por los figurines de los nueve caballos de las Valquirias. En este último acto, Glittenberg obvió toda alusión visual a las rocas de la cima en que dormirá Brunhilda y en la última escena proyectó, sobre la totalidad del escenario, las llamas que conforman el círculo de fuego ordenado por Wotan.

Los vestuarios de Marianne Glittenberg se caracterizaron sobre todo por su calidad descriptiva. Cada personaje lleva el atuendo que le corresponde en la historia original. Aquí estamos muy lejos del arte nuevo de la estructura arquitectónica del decorado del primer acto.

Mientras la parte escénica de esta primera jornada de la nueva Tetralogía vienesa resultó demasiado sobria (cabría esperar que en las posteriores jornadas sea más significante), la parte musical de la producción resultó muy satisfactoria. En general, los solistas que cantaron y actuaron en esta ocasión fueron excelentes. En primer lugar 'Sieglinde', en manos de Nina Stemme, una cantante superlativa, muy musical, excelente actriz (y bien parecida), adquirió una dimensión difícilmente superable.

Johan Botha, un Heldentenor nacido en Sudáfrica, nacionalizado austriaco (residente en Viena), fue un 'Siegmund' fenomenal desde el punto de vista vocal: su Heldentor es luminoso y potente, técnicamente impecable, y además posee un perfecto dominio del idioma alemán. Su aporte vocal es tal que compensa ampliamente algunas mínimas carencias en cuanto a intensidad interpretativa y permiten obviar su corpulencia.

El finlandés Juha Uusitalo tuvo mucho mala suerte dado que el día del estreno de la producción tuvo que dejar de cantar después del primer acto debido a una indisposición vocal. Esta desgracia, que le puede suceder a cualquier cantante, empañó dicho estreno de producción tanto más porque no se había previsto la presencia de un sustituto (cover). Por cierto, quienes pudieron presenciar aquellas funciones en que cantó, apreciaron un cantante dotado de los recursos necesarios para brindar una versión muy satisfactoria de la parte de 'Wotan'.

El bajo Ain Anger también fue un 'Hunding' vocalmente digno, aun cuando no siempre todo lo áspero que debiera ser en esta parte. Eva Johansson tuvo la mala suerte de cantar junto a la excepcional Stemme. Las comparaciones a las que ello da lugar son injustas pero inevitables y su 'Brunhilda' empalideció un poco debido a ello. No obstante, salvo algunos mínimos problemas en los registros más agudos, no se le puede reprochar no haber brindado una actuación decorosa. Michaela Schuster ofreció una interpretación adecuada de 'Fricka' y logró el correspondiente clima en esa discusión (casi pelea conyugal) con que se enfrenta a 'Wotan' y en la que termina consiguiendo que este castigue el desacato de 'Brunhilda'. En su conjunto, las Valquirias fueron muy buenas, bien concertadas y bien dirigidas desde el punto escénico.

Al frente de la siempre formidable orquesta de la Ópera de Estado de Viena (Orquesta Filarmónica de Viena), con su larga tradición en materia de música de Wagner, Franz Welser-Möst dirigió una versión clara y controlada, de la partitura, en cuanto evitó despliegues innecesariamente románticos. Mantuvo en todo momento un control total del aparato orquestal y de lo que ocurría musicalmente en el escenario, gracias a una notable concentración musical. Este director austríaco tiende a ser analítico, pero no ejerce un control que impida que fluya la música con naturalidad y reconoce a la vez la importancia que revisten aquellos momentos en que la música realmente requiere desbordes románticos (la famosa cabalgata de las Valquirias, por ejemplo). Posee una concepción extremadamente clara de la estructura musical y del texto de modo que siempre utiliza una forma de expresión musical que se adecúa a la situación dramática. Su interpretación de la obra de Wagner es contemporánea en el mejor sentido de la palabra, esto es, se adecua al gusto y espíritu del momento.

En resumidas cuentas, esta primera jornada de la nueva Tetralogía vienesa descolló por su elevado nivel musical. A pesar de todas las dificultades inherentes, se tendría que haber logrado un montaje algo más arrojado desde el punto de vista escénico.

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