La Opéra ha decidido que era tiempo de introducir la ‘ópera nacional checha’ en su repertorio, y es justicia. Otra cosa es que hoy sus laureles sigan inmarcesibles. Por supuesto que la música es buena, muy buena y excelente y vale más que muchas cosas escuchadas en los últimos años. Pero hoy se nota mucho que empezó como ópera de un acto, que el libreto no sólo es ‘ingenuo’ (hay tantos así, o peores), sino que la obra se alarga sin situaciones teatrales, que los coros y danzas son magníficos, pero a veces suenan a decorativos y poco inciden en la acción. Para colmo, al proponer paralelamente en Bastille una logradísima versión (también con nueva presentación escénica) de La zorrita astuta de Janacek (ver reseña), es imposible no hacer comparaciones. Y en menos tiempo -mucho- se tiene mucho más, en todos los sentidos (independientemente…
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